Esta noche he tenido otro sueño macabro-tétrico.
Parece que habían muerto muchas personas en alguna catástrofe, o en alguna de las revueltas por libertan que sacuden últimamente los países árabes, y yo debía conocer a alguno de los familiares porque iba a asistir al funeral. Claro que éste se desarrollaba en otro país con otra cultura y por lo tanto otras costumbres respecto a sus ritos funerarios.
Bien, pues he aquí que la ceremonia consistía en colocar de forma ordenada uno junto a otro los cuerpos amortajados de los muertos, en una especie de bandeja que iba a entrar en un horno/crematorio gigante como si se tratasen de las tostadas que se pasan por una cinta transportadora. Si esto en si ya era espeluznante, la gota que colmaba el vaso era que los supervivientes varones tenían la obligación de honrar a sus familiares muertos permaneciendo orando de rodillas en la misma bandeja dentro del horno, “cociéndose” durante al menos unos veinte minutos. Mientras , todo el mundo lo observaba y lloraba desde sus respectivos asientos, o palcos, porque el lugar era como el interior del Teatro Principal, pero con el horno en el lugar del escenario. Mi papel en la historia era de mera espectadora a la par que tratar de consolar a los hijos de uno de los familiares vivos, intentando convencerles que su papá iba a sobrevivir, dado que el aumento de la temperatura era gradual, y bueno que 240 ºC no eran tanto si sólo eran los últimos minutos. ¡ay, señor, las burradas que se dicen para no preocupar a los niños)
Una vez paso el tiempo establecido salían realmente indemnes los orantes, con algún moratón en las manos que llevaban vendadas y poco más. Y todos íbamos desalojando el lugar bajando por las escaleras y encontrándonos en cada tramo a más gente y a los propios orantes, que eran felicitados por su proeza.
Buff, al menos el sueño me evitó toda la parte olfativa del asunto.
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