Desde mi adolescencia, y con la excepción de algunos partidos de la Selección Española, prácticamente no he visto partidos de fútbol. O al menos no los he seguido con ningún claro interés por la victoria de ninguno de los contrincantes. Me gusta declararme afutbolística, aunque para ello tenga que inventar el término. Sirva esta pequeña introducción para evitar discusiones estériles sobre la elección y suerte de los personajes que aparecen en el sueño.
Parece ser que por alguna razón que se daba por supuesta en el sueño, se iba a disputar uno de los resultados de los partidos de una manera un tanto diferente. Y es que en vez de la tradicional batalla de sendos equipos de once, iba a celebrarse con una carrera en la que sólo participan dos jugadores. La condición a cumplir era que tenían que correr juntos y de la mano, no pudiéndose soltar o se descalificaban.
Al parecer la afición estaba muy puesta, y yo por mi parte pues no me enteraba muy bien de qué iba la cosa. Entraba con más gente a un bar donde estaban retransmitiendo la carrera, y yo pregunto si al final eran los jugadores del Madrid los que tenían que correr. Me contestaron con aire condescendiente que no, que eran los del Barça. En concreto corrían Messi y Pujol. Fijándome en la pantalla solo pude ver la espalda de ambos, y distinguirlos por la característica melena rizada de Pujol. Como es habitual en la televisión, parece que aún habiendo más participante, los que ocupaban posición privilegiada en el seguimiento de su evolución eran ellos dos. Iban a buen ritmo corriendo, adelantando a varias parejas rivales, pero se observaba que no iban a la par, sino que era patente que Messi tenía que tirar de Pujol que iba casi un cuerpo retrasado de él.
Ésta descompasación que arrastraban se hizo crítica cuando en uno de los adelantamientos de manera que el vínculo que les unía se rompió. Los reporteros exageraban la situación, mientras se veían las caras de risa y diversión que tenían ambos, mientras doblados procuraban retomar el aliento. Parecía que la carrera no era realmente comprometida con la situación en la tabla, sino que era una excepción porque o sobraban o faltaban jugadores. Claro que yo no vi exactamente cómo pasó porque no estaba atenta, y esperando que repitieran la “jugada” para poder ver por mis propios ojos y juzgar así los comentarios, parece que la imagen se lió, y el sueño recurrió a los cauces normales conocidos: aparece el árbitro, los jugadores (de distintos equipos) se lanzan hacía él con gestos histriónicos que pretenden acentuar su versión del asunto y concederle así el crédito de la verdad, el árbitro saca tarjeta amarilla pero no sé a quién, y frente a las iras y comentarios exaltados del público, los jugadores y los comentaristas, pierdo definitivamente la curiosidad y desvío mi atención, acabando así el sueño.
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